Lo and Behold: ensueños de un mundo conectado, el elefante blanco de Werner Herzog

Hay una escena en Grizzly Man (2002), uno de los documentales más elogiados de Werner Herzog, donde el legendario realizador conversa con la ex pareja del protagonista, Timothy Treadwell, sobre una cinta que contiene el registro sonoro de los últimos segundos de vida de su ex novio, justo antes de ser devorado por un oso. Herzog escucha el registro con audífonos para luego decirle a la mujer que debe destruirla, o de lo contrario será el elefante blanco en su habitación por el resto de su vida.

Por Felipe Rodríguez

Esta escena dice mucho sobre la característica personalidad del cineasta alemán y sobre el tinte de sus filmes. Un elefante blanco es algo que resulta demasiado grande o demasiado obvio, pero que por alguna razón debe ser evadido. Durante toda su carrera, Herzog ha hecho justamente lo contrario, mirar las verdades más incómodas directamente a los ojos. Recientemente lo había hecho con Into the Abyss (2011), donde empatiza con un condenado a pena de muerte; ahora era el turno de Lo and Behold: ensueños de un mundo conectado (2016), uno de sus últimos documentales, donde se atreve a internarse en la Internet y el mundo al que ha dado pie, tal como lo hiciera con la jungla en forma de ficción con Fitzcarraldo y Aguirre: la Ira de Dios hace ya décadas.

No es coincidencia, tampoco. Ha pasado el tiempo y las inquietudes han cambiado tanto para Herzog como para la raza humana entera. Hoy, cuando más que nunca nos volcamos a las pantallas para buscar respuestas, resulta paradójico que un director que declara no utilizar correo electrónico ni teléfono celular haya llegado a interesarse por la Internet. Herzog aparece como el mejor ejemplo de que absolutamente nadie está a salvo de ser absorbido por esta vorágine. Pero Lo and Behold mantiene la distancia. El realizador actúa como un espectador frente a las diferentes mutaciones que la Internet cobra en la cultura. Como ya es clásico en sus filmes de no ficción, la mirada del director: aquellas tomas largas y los silencios a los que somete a sus personajes, parecen sacar lo mejor o lo peor de ellos. Lo mismo sucede acá; la del bávaro es más bien una mirada amplia, que responde más a la romantización y a la creación de un imaginario de un fenómeno que a un análisis crítico.

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Hay experimentos científicos y educacionales facilitados por la red, autos que se manejan solos, y robots que juegan fútbol, pero Herzog se adentra también  en un lado más insólito y oscuro. “Siempre he creído que la Internet es una manifestación del anticristo”, dice la madre de una niña muerta en un accidente de tránsito, cuyas fotos del accidente fueron divulgadas a través de la red y devueltas a sus padres con mensajes ofensivos. También hay comunidades que han optado por prescindir de la virtualidad y llevar una vida completamente análoga. Sin embargo Herzog no toma una posición antagónica, sino más bien plantea preguntas que dejan en evidencia la dependencia de la red: “¿Cómo mantenemos funcionando Internet? ¿cómo lo protegemos?”

Estas no son preguntas inocuas. Mucho menos en la era de Edward Snowden, el ex agente de la NSA y disidente norteamericano, hoy refugiado en Rusia tras revelar documentos clave del programa de cibervigilancia del gobierno de los Estados Unidos. Los personajes en Lo and Behold están cargados a lo peculiar, como siempre en Herzog, y en su mayoría son hackers conversos, analistas de seguridad, científicos y genios corporativos, como Elon Musk. Pero ¿dónde está Snowden? Lo que el realizador alemán ignora al no posar su mirada en el activista es que las relaciones humanas están más fuertemente marcadas por el abuso de las corporaciones y los gobiernos que por la adicción a los dispositivos mismos.

“¿Cómo mantenemos funcionando Internet? ¿cómo lo protegemos?” Herzog parece estar seguro de que no es posible volver a vivir sin Internet; para él, el futuro parece ser claro. Sin embargo, ante la mención de un posible viaje sin retorno a Marte, se ofrece inmediatamente como voluntario. El director mira al elefante blanco a los ojos, pero no es el animal el problema, sino el observador. Una vez más ha prevalecido la singularidad romántica por sobre el gran tema. El elefante blanco sigue ahí. EP

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