Una paradoja made in China

Las diez pistas de la avenida Chang’an, la columna vertebral de Beijing, alojan los miles de automóviles que transitan diariamente por la principal calle de la capital china. Su impresionante extensión y ancho se asemejan a las vías rusas que también ostentan otra función: ser pistas de aterrizaje en momentos de guerra.

Por equipo El Paraguas.

En ambos costados de Chang’an hay espaciosas ciclovías. La bicicleta, como todos los medios de transportes no motorizados, son muy apetecidos y valorados entre los habitantes del gigante asiático. Pero el vehículo de transporte por excelencia es el triciclo con carrito. Los taxistas de tres ruedas recorren los recovecos más recónditos de Beijing. Los asientos no son muy cómodos porque los carros fueron adaptados y solo gozan de una tabla metálica que no tiene manillas para sostenerse. Ni pensar en cinturones de seguridad para resguardar al pasajero cuando el conductor se entusiasma y supera los 50 kilómetros de velocidad. Otros tienen techos que provocan en su conductor un justificado orgullo por manejar una especie de carruaje de tres ruedas.

Pero los triciclos con compartimento también son empleados como vehículos particulares. Una madre junto a sus hijos, todos sonriendo al unísono, es una de las postales más características de esta capital, que mezcla la inocencia de un pueblo milenario con los abruptos cambios políticos y tecnológicos durante el último siglo.

Este cruce ha forzado la rápida digitalización china, un país donde la ruralidad y la pobreza aún se cuenta por millones. La juventud oriental mira hacia al occidente y se siente y quiere ser partícipe de las modernidades del mundo.

Sin embargo China es un baño de contradicciones.

El país asiático ha impulsado con ahínco el uso de energías renovables como la solar. Durante los últimos años, la gran industria china puso el foco en esta energía para la construcción de autos. La manufactura es oriental, pero para su uso se requiere la tecnología occidental.

Dentro de la cruzada para controlar la información que circula al interior del país, el gobierno chino bloqueó el acceso a Google y cualquier aplicación de esta compañía estadounidense. Es decir, no es posible ver videos en YouTube o descargar aplicaciones y usar equipos con el sistema operativo Android. A ellos se suman Facebook, Instagram, WhastApp y Twitter.

En su reemplazo, los chinos crearon el servicio de mensajería WeChat, que es una imitación bien lograda, pero arcaica, de WhatsApp, y que también funciona como una red social para compartir fotos, videos y estados. Es decir, junta todas las redes sociales de occidente en una sola aplicación de oriente.

Pese al bloqueo, los chinos necesitan de estas aplicaciones en sus vidas diarias. Una de las motos eléctricas de origen chino pide para circular una aplicación para celulares inteligentes. El conductor motorista se pondrá su casco, planificará el trayecto del viaje y el pensará en cómo zigzaguear entre el caótico tráfico capitalino, pero no podrá descargar la aplicación que es vital para que la motocicleta funcione: la App está bloqueada.

Como una bella paradoja, los mismos vendedores chinos de las motos eléctricas invitan al comprador a descargar una aplicación que activa una red privada virtual o VPN por sus siglas en inglés.

Los VPN evaden los bloqueos y permiten navegar por Google o, ¡al fin!, ocupar la motocicleta eléctrica.

Para poder utilizar este servicio con estabilidad, el VPN se debe pagar. Por esta razón muchos chinos confiesan que el costo de la red privada virtual lo consideran un gasto fijo mensual, como la luz, el agua o Internet.

Aunque también lo utilizan para surfear en otros contenidos bloqueados, como la pornografía.

Con esta larga lista de pasos, con VPN incluido, un motociclista ecológico ya puede ser parte del -literal- universo automotriz de China.

Pero esta no es la única contradicción. El gobierno liderado por Xi Jinping levanta una maquinaria informativa a través de sus diferentes canales de comunicación. El canal estatal, radios o su agencia informativa que está presente en todo el mundo se encargan de construir la verdad en una sociedad con características orwellianas.

La República Popular China, fundada en 1949 tras el triunfo del Partido Comunista chino en la guerra civil, ha moldeado cada arista de la conformación de nación. Desde la cadena valórica, el amor y el odio, hasta los gustos chinos. Incluso, durante las primeras décadas se barrió con sus tradicionales milenarias, como el estudio y el culto al confucionismo.

En la actualidad, la información es mucho más compleja de censurar. En China le tienen pavor tanto a las críticas como a la sobreinformación que ofrece Internet. En su cultura es mejor omitir que equivocarse, porque el error es una marca de vergüenza que ningún oriental quiere timbrar en su frente. Por eso, aunque saben de la existencia del VPN, la mayor parte de la población utiliza los canales oficiales. La verdad oficial no incomoda.

Pero el baño de contradicción continúa mojando las faldas de las oficinas ministeriales, porque desde 1979, cuando China inició su reforma y apertura económica que los transformó en un país comunista abierto al mundo, o “con particularidades chinas” como dicen ellos, utilizan los sitios y aplicaciones bloqueadas para negociar con el planeta.

Todos los medios de comunicaciones estatales tienen cuentas de Facebook, Instagram y Twitter, en los que se vanaglorian de sus avances y miles de seguidores.

Es la forma de mostrarle China al mundo, en la que todos tienen acceso, menos, paradójicamente, los millones de habitantes de su población.

Recuerdo una vez que, cuando le pregunté a mi jefa en la extinta Feria Mix, conocida como Feria del Disco por su nombre fundacional, por qué había un guardia en la sucursal en la que yo me empleaba y no una cámara, me dijo que es porque a la empresa le preocupa más lo que pueda robar un trabajador que un comprador. La principal tarea del guardia de la tienda era vigilar a sus compañeros de labores. Eso lo recordé en Beijing; era como estar en la Feria del Disco hecha ciudad.

A China le importa mantener las buenas relaciones con todo el mundo. Más que para recibir turistas o enviar productos, es para satisfacer sus casi infinitas necesidades. Desde la carne hasta el papel. Para mantenerse en contacto con otros países no les desagrada utilizar los canales de información que critican, como las redes sociales de Internet.

Sin ir más lejos, China es el primer socio comercial de Chile, por eso a nadie le incomoda las “particularidades chinas”, ni al PC chileno defensor de la libre expresión y los derechos humanos ni al empresario de derecha que porta un corvo bajo el brazo.

En China lo importante es mantener a la población local sin acceso a estos medios, para que no se pueda bañar en el océano de sobreinformación, donde se divisa una isla china, con información china, pero que no puede ser visitada por chinos porque “está bloqueada”. Una paradoja made in China.  EP

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