Un futuro distópico en los ojos de un genio

 

 “Hasta cierto punto el derecho a decir que la tierra es plana”, dice un empleado de una de las empresas tecnológicas más grandes del mundo, y coincidentemente mi amigo. Cualquiera podría decir que una persona como él tiene el futuro en sus manos, pero él parece no asumirlo. Una casa en el sur de Chile en plenas fiestas patrias es el escenario para sentarme con a conversar con alguien como él sobre los futuros que ve y los que no.

Por Felipe Rodríguez.

Al final, no tienes mucho sentido ser vegano si no puedes publicarlo, le digo.

Mi amigo ríe.

Ríe porque comparte mi opinión. Hemos estado conversando por más de media hora entre interrupciones varias y la risa es lo último que registra la aplicación de grabadora de mi teléfono.

Al principio, hago solo una pausa para explicarle de qué se va a tratar todo esto. Podría ser un tema sensible, pero él no se lo toma tan en serio. Acordamos de pasada que no usaré su nombre ni daré el de su empresa. Como anécdota, me aclara que tampoco puede darme detalles de lo que pasa al interior de su trabajo. Luego me los da de todas formas.

Mi amigo Héctor – llamémoslo así – usa la palabra accionar varias veces durante nuestra conversación. Y digo conversación y no entrevista porque no la podría llamar así – hay demasiada gente entrometiéndose, entre ellos, Caballo, un amigo de la familia que hace preguntas sobre China y asiente con admiración ante cada respuesta de Héctor.

Nunca le había escuchado decir la palabra accionar. O por lo menos no con tanta frecuencia.

No se la escuché en el año que vivimos juntos, con su hermano y su esposa (polola en ese momento). No se la escuché tampoco cuando nos conocimos en 2007, recién llegado a la residencia del Barrio Universitario en Santiago Centro, donde yo vivía desde 2005. Héctor es un par de años menor que yo. En ese tiempo no cruzábamos muchas palabras. Una vez me preguntó casualmente si había visto To Kill a Mockingbird. En esa residencia había de todo, y no cualquiera había visto un clásico como ese. Yo no lo había visto y me había dado un poco de vergüenza admitirlo.

Años más tarde nos volveríamos a encontrar en Santiago y nos haríamos amigos. La persona que hoy usa la palabra accionar para responder a mis preguntas era un entusiasta del freestyle callejero. Y con eso me refiero a que muchas veces lo vi detenerse en Bellavista o en algún lugar de la Alameda e incorporarse con total naturalidad a cualquier hiphopero que estuviese rapeando en ese momento. Héctor era el tipo que llegaba en bici al bar, con casco y zapatillas de ciclista, que se la echaba al hombro si había que ir a algún otro lado caminando.

Héctor es una persona, aún hoy, a sus 29 años, difícil de categorizar.

Una opción podría ser lisa y llanamente la palabra genio. Muchas veces la escuché de diferentes personas refiriéndose a él. Pero al principio me era imposible tomarlo en serio. Héctor tenía una notoria incapacidad para concentrarse en una sola cosa a la vez. Una conversación con él era siempre interesante, pero siempre a pesar de sus largos silencios y sus lapsus verbales. No era difícil perderlo si no se le informaba expresamente que el otro interlocutor era él. Pero él siempre volvía al punto, con un argumento más fuerte que el anterior. De no cruzar palabras con él, pasé a disfrutar nuestros encendidos debates, a pesar de no siempre llegar a un acuerdo. Poco a poco, a través de mis conversaciones y de las historias que iban hilvanando su mito, empecé a hacerme la idea de que en verdad era un genio.

***

Héctor lee, toca la guitarra, canta, programa. Eso sí, me dice que ahora ya no tiene mucho tiempo para leer. Su trabajo en una de las empresas en el rubro de la tecnología más grandes del mundo no le deja tiempo para ese lujo, aunque su esposa me dice que luego de trabajar lo primero que hace al llegar a su casa, en uno de los pueblos de la Bahía de San Francisco, Estados Unidos, es saludarla y luego correr a tocar su guitarra que se llevó desde Chile.

Héctor trató tres veces quedar seleccionado en otro gigante norteamericano de la tecnología, una de esas empresas, sino la gran empresa, que moldeó el mundo después del 2000. No fue contratado, pero en esa tercera vez aprovechó de dar una entrevista en la empresa donde ahora trabaja. Eso fue en junio de 2017, y ahora, después de un año trabajando con la élite de la de la ingeniería informática mundial, está de vuelta en Chile para celebrar el dieciocho con su familia y amigos en una casa a las orillas de un lago en el sur.

Yo estoy entre ellos, y tanta comodidad me sobrepasa.

Accionar no estaba en el diccionario de Héctor, pero sí tiene sentido en todo su rango de vocabulario. Héctor es una persona que usa frecuente términos anglosajones y técnicos, como poster child, ads, suma cero, accionar. Pero sobre todo, usa el recurso argumentativo de la estadística. Una vez conversábamos sobre los la naturalidad de los negros para tocar música. Héctor debatió el punto aduciendo que si era por eso, los blancos eran mejores para la música debido a su alta popularidad en todo el mundo.

***

En la casa del lago hay unas 15 personas, entre amigos y familia de Héctor. Su familia es acomodada y en su casa tiene todo como para que uno pueda olvidarse de Santiago y del trabajo. El primer día hay sol y nos lo pasamos jugando fútbol en la explanada que se extiende fuera de la casa o jugando juegos de mesa tendidos en el pasto. Entre todos hay un niño que me sigue para todos lados porque en algún momento acepté chutear la pelota un rato con él. Tiene unos cinco o seis años y es imposible prestarle toda la atención que un niño con esa energía merece.

Te la pasas metido en el teléfono, me dice cuando no quiero jugar con él. Y no me lo dice solo una vez. Es una frase aprendida, probablemente de su mamá, cada vez que ella piensa que el uso del teléfono ha sobrepasado los límites. La frase del niño me resulta irónica. En el papel yo soy análogo y él es digital. Yo conocí Internet a los 11 años, conectándome a través de un cable de teléfono; él lo tuvo siempre a su disposición, literalmente en la palma de su mano desde que nació. Es imposible, pienso, que eso no marque una diferencia abismal entre los dos. Sorprendentemente, durante los días en la casa del lago, el niño está rara vez en su teléfono.

El genio, al igual que yo, ignora al niño. O le presta atención mínima, como a todo y todos, no sé si con el propósito de abarcar lo más posible o literalmente lo contrario. Me pregunto si el genio piensa en el niño. No en jugar con él, sino en cómo ambos están íntimamente relacionados. El genio hace su trabajo, pero su trabajo es delimitar y estructurar el mundo que ese niño ve cuando no está jugando en la casa del lago. El genio tiene el poder, en cierta forma, de elegir si el niño verá más información de sus amigos o más publicidad frente a sus ojos durante más de las cuatro horas diarias que un humano promedio usa su teléfono. Más videos de gatos, o más información sobre tal o cuál candidato. Frente a ese niño, el genio parece ignorar el peso de su posición en el mundo en 2018.

 

***

Comemos todos juntos durante el almuerzo y la cena. Muchas de las conversaciones en la mesa nacen de la curiosidad por el trabajo de Héctor. En una de ellas sale al baile Moments, una aplicación que mide cuánto tiempo pasa uno en determinadas aplicaciones en el teléfono. Un mes más tarde la aplicación estaría integrada en la mayoría de los teléfonos. Los que tienen instalada la app comparten cuánto tiempo utilizan su celular. Los números más altos son las redes sociales.

El día de la conversación, mi conversación con Héctor, que por cierto he aplazado durante toda la estadía en la casa del lago, llueve. Estamos Héctor y yo sentados a la mesa, junto a mi teléfono y mi libreta hay cartas de un juego de mesa esparcidas por todos lados, y dados y cachos del dudo, que hemos jugado todos estos días. Es temprano y Caballo está sentado en el living, a dos metros de nosotros, y el niño que me persigue está rondando por ahí, ocupándose con cosas análogas.

Yo lo comparo con la dinamita. Es una herramienta, nomás. Ahora cómo se use… es diferente, dice Caballo, respondiendo una de mis preguntas e interrumpiendo la conversación.

Mi pregunta es sobre las redes sociales. La empresa de Héctor es responsable de una red virtual que hoy conecta a cerca de 2 mil millones de usuarios activos en el mundo. Al momento de hacerla, dudo si seguir haciéndole este tipo de preguntas. No quiero transformar la conversación en algo moral. Pero es inevitable apretar a Héctor un poco. No es el dueño de su empresa, pero trabajar ahí, pienso, no lo hace particularmente inocente.

¿No piensas que es difícil echarle la culpa solo al usuario?

Héctor tarda en responder.

–  Obviamente sí hay cosas accionables que la empresa puede hacer para minimizar la externalidades que tiene la aplicación. Está bien que se ejecuten, pero obviamente esto no es comparable con la adicción al tabaco u otras sustancias… es difícil.

La palabra difícil es otro recurso al que Héctor echa mano constantemente.

¿O sea que es un problema técnico al final?

No sé si técnico es la palabra…

El tema tiene varias aristas. La empresa de Héctor también ha estado involucrada en escándalos que remiten a la veracidad de las noticias que se comparten en la web, así como también a publicidad pagada por ciertos sectores políticos para influenciar resultados de elecciones. El término fake news, para referirse a ellas, se ha masificado y ya pareciera ser parte del cliché millennial.

Al tocar el tema, Héctor dice, con cierto dejo de orgullo, que no es un tema para su empresa, y que ésta podría vivir perfectamente sin esos ingresos por esa publicidad.

–  Tu compañía podría ser neutral, le digo.

–  (La empresa) podría ser neutral con respecto a pagar anuncios con sentido político. Yo creo que eso se puede minimizar. Pero también está el otro lado sobre cómo funcionan las posiciones políticas en el siglo XXI… que es la polarización… y yo creo que los anuncios políticos son algo ínfimo dentro de todo lo que es la polarización o cómo la gente se comunica políticamente en los social media.

–  Tú dices que el impacto es marginal.

–  El impacto de los anuncios pagados políticos, que es lo que está en cuestión, es mínimo.

–  Pero no solamente hay anuncios pagados. Hay toda una estrategia que está al margen… Lo que hacía (cierto país Europeo) claramente no era legal.

–  Lo de las fake news es accionable, pero igual la gente tiene hasta cierto punto el derecho a decir que la tierra es plana, ¿o no?

Child & Computer
http://start.at/nevit Nevit Dilmen

***

Fuera la lluvia sigue cayendo, como lo ha hecho por días. Nuestro grupo se ha volcado al juego en cada instante. Parece una necesidad imperante divertirse dentro de esa casa. Lo análogo y lo digital conviven. Las cartas se contraponen a la Playstation 4 reina en el living, y que no siempre se lleva toda la atención.

Intento seguir con la idea de las fake news, y le pregunto a Héctor sobre lo que pasa cuando eso se hace sistemático. Cuando se comienza a educar – un eufemismo – a las personas para que piensen de cierta forma.

La causa, según Caballo, sin ser consultado, es clara: ignorancia.

Héctor, a pesar de todo, muestra un lado crítico cuando se habla en absolutos.

–  No sé si ignorancia, pero es difícil llegar y decirle a alguien: esto es mentira y vamos a cerrar tu grupo porque es mentira. No puedes hacer eso, dice Héctor.

Llevo el tema a otro lado. Una cosa es el tema de lo verdadero y lo falso, y otra es el culto a la imagen que prevalece en redes sociales. Imágenes a las que las personas deben aspirar. Imágenes de éxito, belleza, bienestar y riqueza.

Héctor no puede abstenerse de hacer una referencia a la cultura pop: – Como esa película. ¿La viste? ¿Cómo se llama? De una influencer y un seguidor loco. Actúa la actriz ésta de Parks and Recreation.

–  Aubrey Plaza.

La referencia de Héctor quiere decir que entiende el punto. Entiende que existe un nuevo modelo nuevo modelo de vida relacionado con la sobreexposición, y por otro lado, con un consumo desmedido de imágenes, que podrían estar asociados o no a la alienación de la vida moderna.

¿Qué podría esperar uno que (la empresa) haga? Y de verdad ¿qué tiene que ver eso con (la empresa) específicamente y no con Internet?

–  Para muchas personas (la empresa) es Internet, respondo.

–  Yo igual creo que el problema de fondo recae en la gente. Quizás estoy equivocado, pero tampoco soy de la idea de que el hecho de que la gente tenga expectativas más altas dado los social media, o el Internet, o la globalización, vaya a terminar en una epidemia de gente infeliz o depresiva. No creo que ese sea el outcome general del proceso.

¿No ves un futuro distópico?

–  Veo un futuro distópico, pero no ese.

¿Y cuál ves?

–  Yo creo que al final la gente igual se adapta, y sigo creyendo que nosotros la hemos tenido más fácil que la generación anterior. Obviamente hay temas ambientales… eso quizás… ahí si veo futuros más distópicos, pero no veo el futuro donde esto (la red social que creó su empresa) nos hace más infelices.

–  No ves el futuro distópico de Wall-E, por ejemplo, donde todos están sentados en sillas transportadoras con pantallas pegadas a sus caras…

–  No lo veo.

***

Caballo hace una interrupción larga. Le interesa hablar de China y del bloqueo de ciertas redes sociales norteamericanas. No me queda más remedio que seguir la corriente y escuchar.

Luego de varios minutos, la conversación vuelve a su cauce. En la casa todos comienzan a despertarse y a bajar al primer piso para tomar desayuno. Héctor parece interesado en seguir hablando. Le apasiona el tema, pero también es notorio que le provoca un conflicto. Quizás no uno ético, sino más bien técnico. Más sobre cómo dar una solución práctica a un problema que evidentemente sabe que existe.

Hablamos sobre el director de su compañía, un hombre que aun siendo estudiante universitario se transformó en multimillonario, y que incluso dio pie a una película ficcionalizada sobre su vida y sobre cómo logro amasar la fortuna que hoy ostenta gracias a la creación de la red social en torno a la que gira su compañía.

Héctor empatiza con él.

–  Creo que dentro de toda la locura (de la red social), (el director) parece tener genuinas intenciones. Le importa trascender más por lo social que por la plata…

Le hablo sobre un artículo de The New Yorker que retrataba al director de la compañía como un personaje poco empático; un villano, que poco a poco se había construido un muro frente a las críticas, lo que finalmente lo llevaba vivir en una especie de burbuja de aprobación e inmune a las críticas. Hace uno años tomó la iniciativa de recorrer Estados Unidos escuchando las necesidades de las personas para encausar el rumbo de su empresa. En el camino fue documentado con fotos que posteaba en su propio perfil en la red social. Uno de sus ex colaboradores tachó la idea de estúpida.

–  Es estúpido, obvio, dice Héctor, riendo.

–  Se me hace imposible no pensar en lo de Starbucks y Carabineros. ¿Cómo no saber dónde están las necesidades?

¿Pero dónde están las necesidades?

–  No sé, respondo

–  Se supone que (el director) está donando toda su plata a una fundación.

¿Y esa es una solución, para ti?

–  No, te estoy diciendo… pero… quizás hay algo egoísta en ello, no sé… El deseo de trascender. No sé cómo valorar su calidad humana… pero te digo, si tú tuvieras mucha plata y quisieras trascender en el mundo, ¿qué harías?

***

Héctor no utiliza la aplicación en la que trabaja desarrollando día tras día, al menos no con la frecuencia adictiva con la que un ser humano en 2018 la utiliza. Una paradoja, pero también una anacronía. Héctor parece vivir su vida en dos tiempos, el pasado y el futuro; lo real y lo virtual; la utopía y la distopía; y parece sentirse perfectamente cómodo.

¿Crees que la gente puede volver a vivir como antes?, le pregunto antes de cortar la grabación.

–  Tendría que aparecer un mago y destruir (la red social).

 El niño sigue dando vueltas por el living. La conversación nos ha absorbido y nos hemos olvidado del pequeño que insiste en jugar.

 

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