La confusión de los Emojis

Mi interés por los emojis no empezó cuando el fenómeno explotó hace unos años en internet. Con la naturalidad de cualquier millennial, acostumbrada a la adaptación veloz de la tecnología, y conociendo su antecesor, los emoticones del famoso y caduco MSN Messenger de principios del 2000, la llegada de los emojis al celular y, más tarde, a todas las redes sociales, se adhirió a mi rutina como por osmosis.

Por Paloma Cruz.

El fenómeno, si bien me pareció divertido, no causó –ni en mí ni en mis pares– un revuelo, y no fue sino hasta que mi papá me señaló su absoluta aversión hacia ellos que me cuestioné su uso y repercusión en el lenguaje. “¿Por qué, papá, qué es lo que te molesta?” le pregunté hace unos años, pero no me dio una explicación ni tampoco me molesté en insistir. Bastó con suscitarme una inquietud, eso era realmente lo que había rescatado de esa conversación con él, la que terminó, por cierto, con un “ni se te ocurra usar eso ni un ‘jajaja’ conmigo en un mensaje de texto”.

Mi padre, reacio a los cambios de comunicación instantánea, se bajó Whatsapp varios años después de su aparición en Chile en el año 2015, y solo cuando vio que toda su empresa lo utilizaba para cuestiones inmediatas. No tiene Facebook ni otra red social más que Twitter, que comenzó a utilizar el año pasado. Le gustó por la capacidad de sintetizar, en tan pocas palabras, hechos noticiosos y opiniones relevantes (y no tan relevantes, las que sería capaz de rebatir). No entiende por qué, siendo usuario activo de Twitter, con opinión política clara y respondiendo a cada político que se le cruza en el newsfeed, en un año ha conseguido solo 20 seguidores. Él creía que en un año sería la inminencia de la opinión política en internet. Yo le digo que en Twitter la gente, en general, solo sigue famosos y figuras públicas que comparten lo que hicieron en el día. Su red es más de culto y requiere de leer los artículos del día en los medios de comunicación para tener una idea de lo que trata. Y eso, nadie lo hace.

Pero mi papá es un buen ejemplo de una generación distinta, no acostumbrada a los cambios rápidos del mundo digital, y como bien se sabe, el ser humano tiende a resistirse a los cambios drásticos. En el caso de mi generación, el giro en 180 que surgió con internet lo vivimos hace tanto tiempo que ya nada termina por sorprendernos cuando de tecnología se trata, y la aparición de los emoticones, en realidad, se remonta hacia años donde, incluso, muchos aún no existíamos.

El emoji, palabra japonesa compuesta por “e” (dibujo) y “moji” (carácter), apareció hacia fines de 1990. El primer símbolo fue el del corazón y fue creado por Shigetaka Kurita, colaborador de i-mode, una plataforma para el internet móvil. Como resultado de esta experiencia, hacia 1995, Pocket Bell se planteó crear junto a Kurita una gama de 176 caracteres de 12×12 pixeles inspirados en símbolos ya circulando en la cultura japonesa del manga y el kanji. Años después, el invento de la empresa y Shigetaka se masificó hacia los teléfonos inteligentes fuera de la telefonía japonesa y, posteriormente, a Gmail, Whastapp y las redes sociales. Pero antes de que los emojis fuesen imágenes existían los “emoticones” del texto, y no fue Kurita quien los inventó.

Curiosamente, se atribuye el origen a un discurso que Abraham Lilcoln leyó, donde se apreciaba claramente un guiño hecho de un punto y coma con un paréntesis:

Al estar en un paréntesis, sin embargo, existen dudas de si fue o no intencionado el guiño, o si se trató de un mero error tipográfico.

En 1982 aparece de nuevo la utilización de emoticones, ahora con toda intención por un profesor de la Universidad de Carnegie. Mellon propuso utilizar la carita feliz y la carita triste para representar emociones en un texto. A partir de eso comienza el uso de caras con caracteres del teclado del computador, y el resultado final ya lo vemos.

El uso de emojis y emoticones en el lenguaje textual ya es pan de cada día. Pocos se han cuestionado lo que esto podría significar en la conversación, en la semántica y en el lenguaje en general, aún a sabiendas de que, sin duda, están dotados de significado en el mensaje de dos interlocutores. No es lo mismo escribir un “Hola” y seguirlo por una cara feliz que escribir “Hola” y seguirlo por una cara triste, y así, la cosa se pone más compleja en formulaciones más extensas.

El problema –si se puede llamar así, un problema- es que los emoticones parecen cambiar de significado según la persona –o la generación- que lo utilice, algo que ocurre, en todo caso, con cualquier idioma. ¿Y es que podemos plantearnos a los emoticones como un idioma, o al menos, una especie de lenguaje o protolenguaje?

“Con los emojis puedo expresar más de lo que puedo comunicar por palabras” me dijo una amiga cuando le pregunté si había pensado en por qué utilizaba estas caritas. Nunca se lo había cuestionado antes, pero pudo concluir rápidamente que ese era su verdadero uso.

Y no se equivoca: en un mundo donde se está conectado con los pares todo el día por medio de la mensajería instantánea en internet, el lenguaje no verbal deja de tener cabida si no es de manera directa. Las sutilezas de los gestos en una conversación cara a cara permiten al receptor del mensaje comprender de mejor manera lo que el otro quiso decir, aún así dejando abierto en él la interpretación de la intención del hablante.

En Whastapp y Facebook, esa interpretación se complejiza. ¿Cómo podemos llegar a comprender, de la manera más acabada posible, lo que el otro quiso decir? El emoticón suple la función del lenguaje de gestos, y de esa manera, se comporta como un asistente al lenguaje escrito. Refuerzan el lenguaje no verbal del que carecemos en redes sociales pero del que estamos dotados en persona para conseguir la recepción exitosa del mensaje a nuestro interlocutor. Resulta muy fácil prestarse a malentendidos en la comunicación escrita, y los emojis parecen ser un aliado al momento de aclarar las intenciones de un hablante y evitar malinterpretaciones. El gran problema es que los mismos emojis, como caracteres dotados de significado, pueden tener múltiples interpretaciones. Y en ese sentido, todos los usuarios de los emojis podemos sentirnos identificados con alguna experiencia de “mal uso” de los emoticones.

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El experimento social

Como buena millennial, y mala periodista, se me ocurrió preguntar en Facebook sobre las experiencias con emoticones y conversaciones transgeneracionales. Pregunté a mis contactos y a un grupo de profesores de lenguaje si habían tenido algún desencuentro con la forma en que algunos utilizan un mismo emoji y si había esto resultado en un problema de comunicación. Amplié la cuestión, también, a usos del lenguaje textual en general, como los distintos tipos de risa (jaja), el OK, los puntos y signos textuales. Como reflexión final, les pregunté si tenían algo que decir respecto a la influencia de los emoticones en la comunicación de hoy en día por internet. Ante esto, obtuve alrededor de cuarenta interacciones. Como ya lo había sospechado, los desencuentros más insólitos ocurrían en conversaciones transgeneracionales, entre madre e hijo, jefes, abuelos o amigos mayores.

  1. El uso de puntos suspensivos …

Los puntos suspensivos parece estar sobrevalorado en el mundo digital. La regla gramatical dice que los puntos suspensivos se utilizan para indicar al lector que la frase puede seguir, para indicar una pausa transitoria de temor, suspenso o duda, para una interrupción o resumir.

Hay dos usos que se dan a los puntos suspensivos en la era digital: para los millennials, es una forma de dar a entender cierta molestia ironía en la comunicación; mientras que para generaciones anteriores… bueno, aún es incierto la utilización. Solo queda claro que confunde al millennial promedio y que parece ser un sobreuso que no tiene connotaciones negativas. Lo cierto es que, en cualquier caso, resulta confuso para la generación Y.

  1. Los distintos tipos de O.K

Es casi de vital relevancia enseñar a generaciones anteriores que el O.K tiene sutiles connotaciones en la generación de hoy:

  • El O.K, como era originalmente, está casi caduco. En caso de su utilización, indica absoluta indignación por parte del emisor. Se sugiere utilizar solo y tan solo si se quiere denotar la furia en el mensaje.
  • El OK. / ok. Tiene la misma significación (el ok seguido por un punto). Ambos señalan que el emisor quiere ser cortante. Este acuerdo tácito de lo que es el ok seguido de un punto ha traído nefastas consecuencias en la comunicación intergeneracional, pues para padres y abuelos de distinta generación no quiere decir más que “estoy de acuerdo con tu enunciado y lo entiendo”. En el caso de los millennials, un buen ok, de denotación positiva, tendría que seguirs de signos de exclamación o un emoji de cara feliz.
  1. La semántica del pulgar hacia arriba según dos generaciones.

Quizás el emoji más controversial cuando se ven las miradas intergeneracionales. Para los millennials y generaciones Z, parece tener un tono sarcásticamente negativo. Para otras generaciones, es equivalente a un OK (con punto, al parecer, pues causa la misma confusión en los jóvenes).

  1. Las sutilezas del “jaja”

Mi mamá solía reírse en Whatsapp como “ja ja ja”, con espacios entre los ja. Esto se lee en un tono burlesco y por tanto le generó más de un problema en la familia y el trabajo. El jaja en millennials también es discutible. Dos jaja pueden ser cortantes e indicar que no te interesa la conversación. Suele utilizarse cuando acabas de conocer a alguien y te sigue contando cosas que no quieres leer.

El jajaja, con tres ja, suele ser aceptado, pero si quieres enfatizar en cuánto te hizo reir, es mejor utilizar muchos jajá y que puedan incluso hacer repetir las consonantes y vocales seguidas, haciendo notar que se escribió rápido y saltando de risa. Ejemplo: jajajjaajjjaj. También es aceptado reírse con otras consonantes, sobre todo la k: ksjaskaskjaskjasjs

  1. Los tres monitos

Los tres monitos, debemos aclararlo desde ya, suelen utilizarse en términos sexuales, como una travesura. No, no son monitos inocentemente tiernos. Tienen su dejo sexual.

  1. La sonrisa pasivo-agresiva

La sonrisa pasivo-agresiva probablemente fue un accidente en los creadores de emoji. A primera vista parece solo ser una cara feliz, pero ha convertido incluso en un meme. “Amo este emoji, ¿está feliz? ¿Está secretamente enojado? ¿Está planeando matarte? ¿Está cansado de tu mierda? Nunca lo sabrás”.

Muchos usuarios de los emojis coinciden en que esta cara se utiliza para connotar cierto sarcasmo o disgusto con lo que se dice. Claro que para muchos otros es solo una cara feliz que no tiene nada de doble estándar.

Los emojis, creo, solo vienen a reemplazar el lenguaje no verbal que tanto se echa de menos en la escritura. En estos tiempos en que casi todo se conversa por mensajería instantánea, es importante aclarar con gestos que la intención del mensaje es mala o buena. Cualquiera sea el caso, los emojis vendrían a apoyar lo que tipeamos para una correcta recepción del mensaje… o al menos lo más correcta posible. Para mi papá, en cambio, es nada más ni nada menos “el símbolo mismo de la hipocresía social”: intentamos demostrar que nos interesa lo que dice el resto, celebrar cuando en realidad no nos interesa, denotar emociones por medio de caras que quizás no estamos sintiendo. En ese sentido es cierto que los emoticones son una buena manera de promover el doble estándar. Es muy fácil escribir y ponerle cara a lo que no sentimos cuando estamos al otro lado de la pantalla. EP

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